El suicidio de Melitón

sucidio2Escribe: Roberto Adrián Morales.-

Como nunca en sus cuarenta años, Melitón García se levantó temprano. Esa madrugada, ni siquiera aparecían aún los primeros signos del amanecer. Los gallos se acurrucaban escondiendo la cabeza entre las alas, convirtiéndose en bolas de plumas, mientras a lo lejos maullaban los gatos callejeros. La oscuridad era reventada por el reflejo de una luna redonda y estrellas lejanas como inmóviles ojos; apenas si se percibían en el corral, sombras caprichosas fabricadas por los árboles. En ese silencio casi absoluto escuchaba con claridad la música exasperante de los grillos; la respiración tranquila de los perros entraba por los huecos de las paredes de adobe de la casa y el roer de ratones carcomiendo trozos de papel o de madera.
Cansado de no dormir, de imaginar lo que haría, Melitón frotó sus ojos para ver más allá de lo que permitía la luz de la luna, escondida por delgadas nubes. Lanzó la frazada que no le quitó los nervios ni calentó las ideas, se incorporó del catre y observó por unos momentos a Juana, que permanecía enredada entre las sábanas. Alcanzó la ropa que había comprado en el mercado un día anterior, la pasó por sus mejillas y aspiró el olor a nuevo de la tela de mezclilla, tomó los zapatos lustrados, los apretó contra su pecho y abandonó la habitación.
Ya en el patio, respiró profundo el aire fresco. La brisa azotó su rostro. Quizá la vida no fuera tan mala como imaginaba. Sacudió la cabeza tratando de lanzar a la nada los recuerdos. Se vistió y entró al corral. Ningún movimiento extraño; todo permanecía dentro de ese silencio que le taladró el cerebro las últimas semanas. Tomó una soga gruesa y, con ella en mano, caminó hasta el nogal que estiraba sus brazos hacia todas direcciones. Trepó al árbol, parsimonioso ató una de las puntas de la soga a una rama gruesa, luego colocó el otro extremo alrededor de su cuello y se dispuso a tirarse al vacío. Le molestó la resequedad en la garganta, la misma que lo invadió el único día que se vio obligado a utilizar corbata: el de su boda. Intentó escupir pero la saliva se había secado dentro de su boca y sólo alcanzó a arrojar espuma blanca. Las piernas le temblaban provocando el choque de sus rodillas; los huesos tronaban como si fueran piedras huecas.
Pensamientos encontrados lo invadieron. ¿Tenía una razón para estar en esos momentos tratando de quitarse la vida? Indudablemente. Estaba harto de todo, harto de trabajar, de emborracharse, de comer, de cumplirle a Juana en las noches su obligación de hombre. Todo resultaba fastidioso, no había alegrías que perseguir, no había senderos iluminados ni cuentos de hadas; las ilusiones se derrumbaron con el tiempo, igual que la espalda se le fue venciendo hasta convertirse en una concha… ¿por qué acabar con su vida de esa manera?
Después de la boda, los afectos fueron cediendo a la falta de hijos y el carácter se les fue agriando de tal forma que ninguno se soportaba más; ambos culpaban a la infertilidad. Melitón sintió disminuida su condición de macho; ella sufría por no alcanzar su plenitud con un embarazo; sus brazos eran cuna para arrullar hijos ajenos. En sus corazones habitaron odios; en sus lenguas maldiciones que se prodigaban apenas comenzando el día.
Juana descuidó su aspecto hasta convertirse en un ser chaparro y gordo, de rostro hinchado y ojos de serpiente. ¡Ah!, como odiaba Melitón esos ojos cultivo de venenos y rencores. ¿Cuántas veces, mientras dormía, intentó apagarlos apretando con sus manos el cuello blando? Siempre le invadían temores, se imaginaba en la cárcel después de cometer el crimen, los ojos del pueblo sentenciándolo a muerte, arrojándole piedras mientras lo trasladaban al cadalso. Él buscaba entre la multitud a su madre; ella tampoco perdonaría su criminal acción.
Con el tiempo comprendió que en sus manos estaba la salida, su propio escape; ahí montado en el grueso tronco del nogal podría iniciar el viaje sin retorno. En lugar de matar a la serpiente, dejaría que ésta le encajara los colmillos para sentir, con estúpido placer, cómo se le iban durmiendo, poco a poco, los brazos y las piernas. Juana lamentaría por largo tiempo la determinación que él había tomado.
Melitón sonreía al imaginar el rostro de la mujer al saberse desamparada, sola en la inmensidad de la llanura; sola con sus malditos ojos de víbora, mirándose en el espejo, recriminándose su horrible figura que la fue alejando de su hombre y preguntándose por qué lo hizo infeliz, un ser desgraciado que prefirió la muerte antes que seguir soportando sus palabras, sus miradas, sus caricias fingidas en las noches en que la calentura del cuerpo no se apaga con los baños de agua serenada.
Decidido, se dispuso a dar el salto a la inmortalidad, pero se contuvo. ¿Qué ocurriría si en lugar de sentirse sola, Juana iba en busca de un sustituto para mitigar sus penas? Recordó a José María, el del mercado, ese que la pretendió de joven. ¿No sería que después de saber del suicidio, aquel verdulero desgraciado se apoderaría de lo que era suyo? Y la Juana lo invitaría a pasar a su propia casa para agarrar algo de sombra protegiéndose del sol con las paredes que él, Melitón, levantó con tanto esfuerzo, le serviría de comer en sus propios platos, y en su propia taza tomaría un té caliente o un café recién hervido y después, lo peor… la muy recondenada lo llevaría a la cama, su cama, esa que compró antes del matrimonio, lo acostaría ahí, prodigándole calor y besos y caricias, como las que recibió Melitón durante unas cuantas semanas después del matrimonio. Entonces, ahí, enredados en las cobijas que él compró, ella hablándole con voz dulce, le mordería las orejas y los labios, mientras sus manos se deslizaban por todos los rincones de su cuerpo.
El brillo de un odio velado se reflejó en sus ojos y su voluntad empezó a doblarse, como las ramas de los limoneros cuando se cargan de fruto.
«Maldita Juana —pensó— seguramente eso es lo que quiere, eso es lo que ha buscando todo este tiempo al hacerme ingrata la vida, que le deje el camino libre para buscar la felicidad y otros brazos… Ya la imagino, sirviéndole al José, riéndose con el José, acariciándose con el José…. Ah, no, eso no voy a permitirlo, como que me llamo Melitón. ¿Y por qué le voy a dar el gusto de dejarla suelta? ¿Por qué allanarle el camino al tal José? Mejor me dedicó a hacerle la vida imposible a la Juana. La voy a hacer ver su triste suerte; entonces, me sentiré más dichoso que nunca, ahí está mi verdadera felicidad. Muriendo no podré cobrarle a esa bruja todo lo que me debe.»
Respiró profundo. Decidido a poner en marcha sus nuevos planes, saltó desde el tronco del nogal para alcanzar la tierra húmeda; sintió que le arrancaban la cabeza; apretaban su garganta hasta hacerle saltar la lengua y los ojos. Desesperado, quiso desatar el nudo de la cuerda que cerraba su cuello, asfixiándolo. Su cuerpo tembló mientras los zapatos lustrosos chispeaban con los tenues rayos de la luna y abandonaban los pies.suicidio

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