HIPOCRESÍA ETÍLICA

“…lo que debería privar es el irrestricto respeto al de los individuos para hacer con su hígado un rehilete”.

Baile y Cochino.-

Por Horacio Cárdenas.-

antro

Hay que haber sido borracho o haber convivido con borrachos, para saber el preciso, que no necesariamente correcto, significado de la expresión: en algún lugar del mundo ya es medio día, frase esta lanzada a los cuatro vientos en protesta al tabú personal, familiar, social y por supuesto legal, de que no debe beberse antes de las 12:00 del día.

Decía el Tal Rossas, autoproclamado cronista de la aldea, que cruda sudada es vida salvada, y pongamos que este principio fisiológico filosófico tuviera su trasfondo de razón, pero ni él ni muchos hacían o hacen caso de él, ¿Cuántos borrachos no conoce usted que se curan la cruda comenzando lo más temprano posible la siguiente borrachera?, si para ellos el problema no es la cruda o el remedio, sino haber abierto el ojo demasiado temprano, siendo una verdadera bendición que el despertar ocurriera lo más cercano al zenit o pasaditas.

Pero una cosa son los tabúes, repetimos, personales, familiares o sociales, y otra cosa que la autoridad se arrogue la responsabilidad y el derecho de hacer que no se violen las normas que le dan cuerpo a aquellos, y si en esto le va la posibilidad de aumentar la recaudación de impuestos y multas para con ellos sufragar los inacabables gastos de gobierno, pues mejor que mejor.

En una democracia que se echa carretadas de confeti para tratar de convencer que somos un estado de derecho, lo que debería privar es el irrestricto respeto al de los individuos para hacer con su hígado un rehilete, si de lo que se trata es de normar la ingesta de bebidas espirituosas, pero lo mismo debería rezar para quienes llenan sus pulmones de alquitrán fumando, o de quienes engordan sin alimentarse al consumir comida chatarra. O, si la forma de gobierno fuera otra, la administración pública decidiría la prohibición total de todo aquello que le hiciera daño a la población y zanjado el asunto, lo cual como es obvio no es el caso en México, Coahuila o Saltillo del momento presente.

Ahora que en la otrora mejor capital del universo, el cabildo del R. Ayuntamiento ha dado entrada a la moción de ampliar el horario de venta de bebidas alcohólicas, se renueva la polémica no de la parte filosófica de la función de gobernar, sino se reaviva lo tocante a la posición enfrentada de los distintos partidos políticos en torno a algo que sí, nos hace daño como personas y como sociedad, pero que todavía estamos muy lejos de tener la intención primero y tomar la decisión después, de proscribir definitivamente la posibilidad de acceder legal y económicamente a él.

Sería de risa loca de borracho feliz, el examinar las razones por las cuales ahora el Ayuntamiento saltillense esgrime para ampliar el horario: acabar con el clandestinaje e incrementar la actividad económica. Sobre lo primero hay que decir que ni durante la época de terror que se vivió el cuatrienio pasado, cuando el entonces alcalde Jericó Abramo lanzó a sus perros de presa, los rabiosos escuadrones del Grupo de Reacción Operativa Municipal, contra los changarros que vendían licor por la ventanita, claro, a costos muy inflados que hacían valer la pena el riesgo y daban para untar a inspectores y policías, ni con ello se logró erradicar el clandestinaje, que en todo caso se volvió más refinado y caro, todo para que a la hora que le quitan al Ayuntamiento el control de los GROMs… volviera a como estaba antes, pero no más, solo a su nivel original, lo que nos lleva a la segunda parte.

Sí, porque la beberecua es en última instancia, una cuestión de mercado, la gente que bebe, consuetudinaria o esporádicamente, programa su consumo con la previsión del caso, previsión que vale decir, puede no tener para otras cosas o para nada: ni para dar el gasto familiar, ni para pagar las deudas, ni para lo que quiera mencionar, ah pero que no le digan que le van a cerrar el expendio,  procurará asegurar por todos los medios  la compra de las cheves o el tequila o lo que sea que sea su gusto, no por falta de previsión le vayan a aguar la fiesta, aunque siempre está la opción de comprarlas por la ventanita, con la desventaja de que le alcanzará, si acaso, para la mitad de lo que originalmente tenía pensado adquirir.

Que no es la primera ocasión que se aduce el cuento ese de combatir el clandestinaje ampliando los horarios de venta. De hecho responde al principio tan mexicano de la política y la burocracia nacional, de levantar las restricciones como medida para acabar con las faltas y los delitos, es el caso de la mariguana, el aborto y otros temas en la agenda, lo de las bebidas embriagantes no es uno que se considere prioritario, ni hoy ni por mucho tiempo, así que lo que importa de momento es el trasfondo político de la cuestión.

A los panistas y las administraciones panistas se les suele acusar de doble moral: por un lado, se dicen protectores de los principios y valores sociales, pero por el otro, también se les sabe que son defensores a ultranza de la libre empresa, pues sí, pero si encima les toca estar atrás de la barra… por referirnos a la función de gobernar en términos cantineriles, pues son ahora ellos los que tienen que entenderse del asunto de la mejor manera posible. Del otro lado, los priístas, conocidos desde siempre de resolver desde las más leves hasta las más graves cuestiones en el aséptico ambiente de una cantina o más distinguidos lupanares, ahora asumen la posición de defensores del gasto familiar, de la no violencia, de los menos accidentes viales, y demás argumentos utilizados para restringir la venta, que no el consumo de licor.

¿Dónde va a acabar este asunto?, ojalá que se llegara a un acuerdo razonable de lo que es conveniente para la ciudad, sano para los bebedores, económico para los comerciantes, que se dejen de hipocresías y despoliticen de una vez por todas un asunto que en el peor caso, puede acabar en pleito de borrachos.

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