La herencia

De: Roberto Adrián Morales.-

mujeres2

Nada de peros. ¡Léalos! y dígame a quién dedicaba esas inmundicias mi marido, que ojalá y se esté pudriendo en el infierno. ¡Léalos!

Teófilo Carrejo fue un gran poeta, de eso no cabe duda. Como todo buen representante de las letras, sobresalía por su carácter extrovertido: amante de la vida, las mujeres y las copas. Con la sonrisa a flor de labios ganaba la simpatía de la gente que en principio le miraba con un dejo de desprecio y desconfianza. Y no era para menos, no se distinguía por ser un Adonis: bajito, gordo, con ojos de esfera incrustados en el redondo rostro, la nariz aplastada y los labios gruesos; el color de su piel era casi negroide, hasta se hubiera creído que pertenecía a esa raza de no ser por el pelo lacio y oscuro que le inundaba la frente, claro indicio de su verdadero origen indígena. Sin embargo, pese a esas circunstancias físicas que le heredó la vida, gozaba de buen carácter, más alegre de lo normal; era nervioso, jamás mantenía las manos quietas; con sus minúsculos y achatados dedos tamborileaba sobre cuanto mueble u objeto se encontraba mientras hablaba, hablaba y hablaba.
No puedo negar la envidia que sentía al verlo, no porque quisiera parecerme a él, no, sino porque, a pesar de su fealdad, era un ser enigmático que atraía a las mujeres, sobre todo cuando escribía líneas salpicadas de pasión. Recuerdo algunos de sus versos, aderezo de reuniones bohemias; siempre gustó de cantarles a las mujeres hermosas que forjaron en él, sueños, ilusiones y decepciones.

Entre tus muslos morenos/se encuentra la tumba mía/donde dormiremos juntos/ la tarde de mi agonía.

Exclamaba el bardo mirando las bien torneadas piernas de Carlota; sus ojos no se despegaban de esos muslos recios y frondosos, firmes y vivos como árboles tropicales. En otras ocasiones cantó a la rubia belleza de alguna extranjera que, en visita inesperada, participaba en las veladas literarias.

Me sueño desnudo/en tus ojos de mar/ahogo de aguas verdes/que estallan en tu faz.

Y qué decir cuando aparecía Susanita, aquella joven que con su presencia inspiraba al poeta; ella era más bella que cualquier palabra; cuando la miraba, sus ojos de plato se encendían como farolas mientras su rostro moreno enegrecía por los rubores.

Pierdo el aliento en tus senos/que señalan ardorosos/el camino de los sueños/donde calcino mis huesos.

Teófilo siempre fue así. La mujer formaba parte íntima de su ser, era su vicio más arraigado, su alimento, su bebida predilecta, el calor de su propia existencia. Las mujeres iluminaban su camino tapizado de letras. Cuando pienso en el rostro de alguno de sus amores, no dejo de sorprenderme de aquella facilidad con que entretejía el diálogo y la conquista. Definitivamente ni los años, ni la complexión robusta, ni su escasa estatura o sus rasgos indígenas, hacían mella en su ánimo de conquistador; él entraba a la vida de la mujer que deseaba, cuando así lo decidía; era un torbellino amatorio incansable, parecía dotado de una vida que gira y gira y parece no desgastarse nunca.
Cierta mañana, en la oficina, Teófilo sufrió un desvanecimiento; las secretarias, fieles seguidoras de sus pasos y sus versos, se apresuraron a auxiliarlo; estuvieron rodeándolo durante largo rato hasta que recobró el conocimiento y pudo incorporarse; desde entonces, no hubo día en que no cayera postrado a los pies de las empleadas; de pronto perdía el color, ponía los ojos en blanco y su gruesa humanidad terminaba estrellándose en el piso, como si fuese un pesado fardo.
Pasadas algunas semanas, luego de acudir al médico a realizarse un chequeo general, Teófilo Carrejo me buscó para conversar; habló de ese mal que padecía y que no tenía remedio; un coágulo estaba haciendo atrocidades en su cerebro y los especialistas no podían hacer nada para salvarlo; requería una operación en la cabeza, tan delicada que corría la misma suerte al caminar por la calle que estando sobre una fría plancha de quirófano. No había ninguna oportunidad cercana, ni siquiera una hebra de hilo de donde asirse y luchar para sobrevivir. Así se lo hicieron ver, así lo asimiló. Con su mal a cuestas fue conformándose y trató de sacarle mayor tiempo al tiempo que le marcaba como límite el reloj del destino.
—Cuando muera, que será muy pronto, te dejaré como herencia mis libros. Yo sé, Medina, que te encanta leer. Tengo muchos libros que no sabría a quien más heredarlos —dijo mientras daba un sorbo a la taza de café que mantenía entre las manos. Agradecí tal deferencia pero, como suele hacerse en estos casos, pedí que no decayera en su ánimo, lo conminé a seguir luchando por la vida y hasta le recordé a algunas de sus múltiples amigas, siempre dispuestas a acompañarlo.
Hizo una mueca que quiso parecer una sonrisa, con voz apagada dijo estar preparado para todo. La vida lo llevaba por caminos caprichosos y era muy respetuoso de las decisiones de Dios, ser poderoso y omnipotente en quien creía a ciegas. No quería ni maldecir, ni negar su verdad; llegaba al final de su camino; estaba presto a iniciar el viaje del que nunca regresaría. Se contentaba con creer que en el más allá las musas eran superiores a las de la tierra y seguiría cantando a la belleza, así fuera la de la misma muerte.
«En todo puedes encontrar el camino de los versos; en el calor insufrible y en el frío intenso hay palabras guardadas. Cuando el dolor se vuelve un compañero inseparable te arranca frases inimaginadas y gracias a eso terminas por quererlo. Por eso, cuando se mezclan dolor y muerte, amas rincones escondidos que aparecen de pronto reflejados en las aguas inmóviles de un espejo. Así como amo la vida, amaré la muerte, mi muerte.»
Hasta la fecha de su deceso, todas las mañanas al llegar al trabajo, estaba presente, aunque ya lo habían pensionado. Cada vez que nos cruzábamos, recordaba que mi herencia serían sus queridos libros.
El día que no llegó a saludarnos, como era su costumbre, preocupados llamamos a su casa; su mujer, Violeta, nos informó que unas horas antes había fallecido, que «al fin había descansado». En grupo, nos trasladamos a la funeraria para darle el último adiós. De la figura regordeta no quedaba nada; era un montón de huesos cubiertos por pellejos renegridos. De verdad, hay muertos que de plano se ven muy feos, este era uno de esos casos.
Pasaron los días y nunca me animé a acudir a la casa de Teófilo, por respeto; me parecía impropio presentarme a recoger los libros, a unas cuantas semanas de su muerte. Así que dejé pasar el tiempo hasta que un día me llamó Violeta, su viuda, quien después de conversar un rato, me pidió que la visitara.
Por mi mente no pasó otra cosa más que el cumplimiento del deseo de Teófilo de que me fuera entregada su biblioteca particular. Como me encantan los libros, debo aclarar, sentí gusto por la llamada, aunque luego pensé en el muerto y éste se evaporó. Me sentí ave de rapiña, dispuesta a hacer lo que fuera necesario con tal de carcomer las entrañas de su víctima.
Tal como se lo prometí a la viuda, al día siguiente estaba ahí. Bien bañado, arreglado y muy sonriente. Apenas di el primer toque a la puerta, ésta se abrió; como si fuera un animal al acecho de su presa, Violeta se arrojó sobre ésta en cuanto entré, echó llave y pasador a la hoja de madera, medio carcomida por la polilla. No di importancia a esta acción porque así suelen ser muchas mujeres que apenas sí permiten que entre el sol por las ventanas de su casa. Noté en su rostro demacrado una dureza que pocas veces había visto. Violeta era una mujer bonita que gustaba de arreglarse para reafirmar su belleza; sin embargo, ahora se mostraba tan diferente: su cara blanca y sin maquillar contrastaba con el pelo rubio revuelto y sucio; sus ojos azules ya no eran aquellos que desnudaban a Teófilo y lo transportaban al mundo de la poesía. No, no era la Violeta aquella de andar salvaje, de mirada furtiva, de uñas bien cuidadas, de figura altiva e imponente, como diosa surgida de las entrañas de Afrodita. Tampoco ceñía su cuerpo uno de esos vestidos exóticos que acostumbraba lucir para realzar su silueta; llevaba puesta una bata vieja de color opaco, con holanes que amenazaban con deshacerse en cualquier momento para dejar ver la blancura de su piel.
—Qué bueno que vino, señor Medina. Quiero que usted, que era amigo de Teófilo, me explique algunas cartas y versos que mi marido guardaba bajo llave; son papeles que me vuelven a una realidad dolorosa. No es posible que hasta después de muerto venga enterarme que el ser que quise era un hombre infiel, un maldito adúltero. Por eso lo llamé. Usted, más que nadie, compartía muchas horas con el muy carajo, mire lea esto y esto y esto.
Quedé estupefacto, jamás pensé que Violeta pudiera llamarme para aclarar la infidelidad de Teófilo, sobre todo cuando ya estaba muerto. Me pareció absurda esa situación. Intenté salir de ese lugar, pero no pude, mis pies estaban atados al suelo, quedé como estatua, con algunas hojas de máquina vibrando con los temblores de mis manos, en esos papeles amarillentos destacaba la inconfundible letra del difunto. De verdad, no sabía que hacer ante circunstancia tan inesperada.
—Léalos, señor Medina, léalos. Usted sabe más que yo a quién se refería en esos versos.
—Pero señora Violeta, yo… —un nudo se formó en mi garganta mientras leía aquellos versos cargados de pasión. El creciente temblor de las manos denunciaba aún más mi nerviosismo, consecuencia de tan extraña petición.
—¡Léalos en voz alta!
—Pero, señora….
—Nada de peros. ¡Léalos! y dígame a quién dedicaba esas inmundicias mi marido, que ojalá y se esté pudriendo en el infierno. ¡Léalos! —dijo en tono agresivo y tajante.
No encontrando más remedio que obedecer tal orden, balbuceé aquellas apasionadas líneas.

¿Cómo olvidar la noche/en donde a falta de estrellas/me cobijé con tu piel/aromada en la canela?

—¿A quién dedicó esas babosadas? ¡Dígame a quién, señor Medina!
—Pues no… no sé, la verdad es que… Bueno… —no sabía qué decir. ¿Cómo saber a cuál de tantos amores dirigía esos eróticos versos mi fallecido amigo?
—¡Lea este otro! ¡Léalo señor Medina!

Bebo la pasión creciente/en tus copas de carne morena/néctar de azar y azucena/embrujo de mi mente frágil.

—¿Y ese. No me diga que no sabe a quién lo dedicó?
—La verdad, señora, no lo sé. Debe usted entender que los poetas tienen sus musas secretas; son sombras que inundan su mente, colores a los que dan forma; tierra inmersa en agua que resurge en figuras etéreas de mujeres hermosas… Fantasías… Sí, son ilusiones, sueños que culminan en palabras.
—¿Sueños? ¡Bah! ¿Y este otro? ¡Léalo! ¡Léalo fuerte!

Brenda:/No puedo guardar en el baúl del olvido/tus labios frescos posándose en mi pecho./Mis manos aún guardan el recuerdo/de la suavidad de tu piel blanca/escondida bajo tus ropas rojas.

—¿Me va a decir que no sabe quién es Brenda? —increpó Violeta, mientras lanzaba al suelo los papeles; sus ojos azules parecían saltarle de las cuencas. Me imaginé un náufrago luchando contra una tormenta en medio del mar. Era tan absurdo todo lo que estaba ocurriendo; quería salir, huir, de ese lugar, regresar a mi hogar, cerrar la boca y no volver a comentar tan desastrosa situación producto de infidelidades muertas y de celos vivos. No sabía qué responder. En realidad. Teófilo fue un gran amigo, sabía de muchas de las mujeres que pasaron por su vida pero, ¿qué necesidad había de recordarlas y describírselas a Violeta? ¿Por qué se hacía daño de esa manera tan absurda? ¿Para qué celar a un muerto y poner en entredicho las acciones de los vivos? Una lucecita iluminó mi mente, encontré la forma de abandonar ese barco que amenazaba con irse a pique, con arrojarme por la borda y hacerme escupir cual agua salada, toda la verdad que conocía. La idea que tuve me permitió salir bien librado de tan embarazosa circunstancia.
—Señora Violeta —dije tomando fuerzas de flaqueza—, bien sabe usted que su marido y yo más que amigos éramos compañeros de trabajo y, como tal, pues difícilmente podría yo saber qué hacía o qué amistades tenía. A sus dudas tal vez tenga alguna respuesta Julio Cervera, él sí que era amigo de su difunto marido.
Dije estas últimas palabras con tanta vehemencia, puse tanto énfasis en ellas que los ojos de Violeta empezaron a desinflamarse, como globos pinchados por una aguja; noté que ahora el nerviosismo hacía presa de ella.
—Puede que usted tenga razón… Quiero pedirle una disculpa…
Fue todo lo que dijo, sacó la llave que guardaba celosamente en la bata, abrió la puerta y me permitió abandonar su hogar. Ya en la calle, respiré profundo, entonces supe lo que era amar la libertad; en esa casa de pronto me sentí ave enjaulada, como algunas veces dijo sentirse Teófilo.
Ya no supe que ocurrió después. No sé si Violeta habló con Julio Cervera, si alcanzó a arrancarle algunas verdades sobre la infidelidad del marido, si encontraron por fin el rostro y el nombre de alguno de los amores escondidos de mi amigo. De todo esto, la única conclusión es no volver a creer en herencias verbales; aunque, no deja aún de cosquillearme la idea de que alguna vez, cuando transcurran los meses, la viuda me llame para entregarme los libros que Teófilo me heredó. A lo mejor entonces, hasta soporto otra vez nuevos cuestionamientos sobre la fidelidad de mi amigo y de sus versos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s