Las puertas del infierno

De: Roberto Adrián Morales.-

embrujo

Román Dávila es un empecinado buscador de tesoros. Cuenta con buen número de aparatos detectores de metales y un alma aventurera que lo arrastra todos los fines de semana a los lugares más recónditos para poner en práctica sus dotes de gambusino moderno.
Hasta ahora, nadie sabe si ya logró dar con alguno de esos tesoros escondidos, aunque dentro de la colección de objetos raros que ostenta se pueden contar dos rifles viejos, posiblemente residuos de la batalla de La Angostura, una bala de cañón, dos monedas de plata, un centenar de puntas de flecha utilizadas como armas por los indios y algunos caracoles y trozos de troncos de árbol petrificados o mineralizados.
A ese saldo positivo, Román debe agregar las pérdidas que son en extremo superiores, aunque esto parece no importarle.
Cierta ocasión, sus amigos Ricardo Torres y Pancho Velarde lo invitaron a buscar tesoros en las ruinas de una casa del rancho Las Encinas. El aparato detector de metales chilló estridente justo en una de las paredes; los aventureros sacaron un zapapico y asestaron tremendos golpes hasta que el filo del instrumento cruzó los adobes y terminó encajado en el refrigerador de la casa vecina. El grito de la propietaria los volvió a la realidad. Tras cubrir los daños, con la decepción a cuestas regresaron a la ciudad. El incidente pareció no tener importancia porque, tan pronto como pudieron, conversaron sobre la posibilidad de rentar una casa antigua en la colonia Centenario.
—Es un lugar donde espantan —explicó Román— según cuentan los vecinos, por las noches se escuchan ruidos extraños, voces lastimeras y cadenas arrastradas por fantasmas. Nadie quiere entrar en esa casa. De día, mejor cruzan la acera, de noche ni se diga. La oscuridad reinante hace poner los pelos de punta a cualquiera.
—¿Ya fuiste a verla? —preguntó Pancho Velarde.
—Sí. Es una casa muy vieja; dicen que ahí vivió y murió en forma por demás extraña un usurero; encontraron su cadáver atado al pirul del patio, sobre la cabeza tenía un baúl repleto de monedas de cobre y los ojos saltados, fuera de sus cuencas, como si hubiera visto al diablo.
—¿No te parece mucha fantasía toda esa historia? —dijo Ricardo Torres sin apartar la vista del aparato detector.
—¡Qué va! Si ustedes se animan rentamos la casa; no hay quien pague por ella en las condiciones en que se encuentra, además no creo que al dueño le importe mucho si excavamos algunos sitios.
La conversación continuó hasta llegar a Saltillo. Román llevó a los amigos a espiar la fachada de la vivienda, punto siguiente para continuar con sus aventuras en pos de los tesoros más extraordinarios. Se trataba de una casona construida a mediados del siglo XIX, se alzaba a más de un metro del nivel de la calle; los adobes estaban cubiertos por piedras grises; sus puertas y ventanas, a pesar del descuido y desastroso aspecto, aún dejaban entrever sus años gloriosos. En el jardincillo la invasión de matas de pasto, maromas y sávilas cubrían parte de la fachada.
—¿Cómo ven? —inquirió Román esbozando una sonrisa de triunfo.
—Fíjate que puedes tener razón. A lo mejor aquí sí le pegamos a una relación y salimos de pobres.
Decididos, los aventureros hablaron con el dueño de la propiedad, Fernando Lucio, sujeto de cara alargada, ojos rojizos, nariz grande como filo de cuchillo, rematada por un bigotito antiguo enroscado en las puntas. Pagaron dos meses de renta. Mil pesos no era una gran inversión para lo que les esperaba entre los muros, o en el patio de esa casa.
Por la mañana, ya con las llaves de la puerta en mano, entraron a la casona; las paredes de los cuartos parecían arañadas por garras de un animal, los pisos estaban cubiertos por una gruesa capa de polvo; en los rincones las telarañas caían desde el techo hasta el piso dando una imagen terrorífica donde sólo hacía falta el fantasma que deambulaba en las noches arrastrando sus cadenas.
Román Dávila puso de inmediato manos a la obra. No había necesidad de limpiar nada si no iban a habitar la casona. Los detectores rondaron las paredes de un lado a otro, asidos por las manos de los expertos buscadores de tesoros. Los chillidos se sucedían repetidamente, aparecía un clavo, una tapa de metal, un grifo añoso, un trozo de chapa o una llave mohosa; objetos que apartaron en un rincón para evitar que interfirieran con la búsqueda. Durante una semana trataron de localizar el sitio exacto donde el viejo usurero guardó el fruto de su avaricia. Ningún sonido extraordinario marcaba el lugar hasta que un día, cerca de la medianoche, el ruido estridente del artefacto resultó incontenible. Era el anuncio esperado. Los aventureros saltaron de gusto, todo indicaba que habían encontrado el punto donde una buena cantidad de monedas de oro esperaban su rescate. Extenuados por la búsqueda, se conformaron con marcar con un círculo el lugar indicado por el detector, dispuestos a continuar con su labor al día siguiente.
Tal como lo programaron, Román, Pancho y Ricardo regresaron desde temprano a continuar con su peculiar trabajo. Ahora iban cargados de picos, palas y veladoras para iluminar la oscura habitación. No se detuvieron hasta el atardecer cuando ya habían cavado poco más de un metro de profundidad. No aparecía nada, sin embargo, el detector volvía a lanzar su estridente ruido en cuanto lo colocaban dentro de aquel agujero.
—Ya está muy hondo y no encontramos nada —dijo desconcertado Román.
Ampliaron el pozo, siguieron escarbando hasta ya entrada la noche. En la penumbra de la habitación apenas se escuchaba la respiración fatigada de los buscadores y el choque de picos y palas en la tierra; de pronto, un ruido ensordecedor inundó el ambiente. Asustados, los tres hombres abandonaron sus implementos y despavoridos tomaron la calle.
—¿Qué ocurrió Román? —preguntó Pancho Velarde aún con el terror reflejado en su rostro.
—No sé; pareció que se derrumbaba el techo. Fue un ruido espantoso.
Los amigos se despidieron no sin antes ponerse de acuerdo para continuar los trabajos al día siguiente. Román abordó su camioneta, ya dentro de ella quería encontrar una explicación lógica a lo sucedido pero no hallaba por donde comenzar. ¿De dónde surgió aquél ruido? Se conformó pensando que algún vecino les había jugado una broma pesada.
Ya en su casa, no pudo conciliar el sueño; algo extraño le ocurría; se miró en el espejo, lamentó su estado deplorable. Sus ojos parecían dos bolas de fuego a punto de reventar y su rostro mostraba una palidez cadavérica. Nuevamente se recostó; con los ojos entrecerrados esperó la llegada del nuevo día. Así permaneció hasta que fuertes toquidos sonaron a su puerta, amodorrado se levantó, miró el reloj que marcaba las tres de la madrugada.
—¿Quién? —preguntó antes de abrir.
—Soy yo, Ricardo. Ábreme Román ha ocurrido una tragedia.
Román abrió la puerta. Ricardo entró presuroso mirando a sus espaldas como temiendo que alguien lo hubiera seguido.
—¿Pues, qué ocurre?
—¡La casa… Román… la casa! —Ricardo apenas sí podía hablar. Su rostro era una máscara de azoro y horror.
—¿Qué ocurre con la casa? —apremió Román.
—Se quemó; los bomberos están intentando apagar el incendio, desgraciadamente no va a quedar nada en pie. Está ardiendo como leña seca, hasta de las paredes salen gruesas lenguas de fuego, es como si el mismito diablo le hubiera prendido lumbre a todo. Tengo miedo. Se me hace que abrimos las puertas del infierno.
—Vamos, no seas exagerado. Preocúpate por el dueño de la casa. Ahí si que nos va a llevar la desgracia. Ahora con qué le salimos.
—Te digo Román que abrimos las puertas del infierno. Tengo mucho miedo, no he podido dormir. Estoy desesperado.
—Tranquilízate. A ver que le decimos al propietario; ahora sí que estamos metidos en buen lío.
Los dos amigos acudieron a presenciar a el incendio; desde la acera de enfrente de la casa vieron consumirse todo; escucharon crujir los techos, vencerse y desplomarse, levantando pequeñas brazas de lumbre, suspendidas en el aire como si fueran luciérnagas. Al amanecer, no quedaban más que un montón de cenizas humeantes y unas cuantas paredes que amenazaban con venirse abajo en cualquier momento.
—Ahora sí que estamos metidos en un lío gordo —insistió Román.
Ricardo parecía no escucharle. Permaneció de pie, como dormido, mirando el desastre.
—Te estoy hablando.
—Ah, sí, ¿qué decías? —contestó sacudiéndose las ideas.
—Te digo que en buen lío estamos metidos; de una vez vamos a buscar al dueño de la casa para ver como arreglamos todo esto.
Ricardo y Román acudieron al domicilio donde habían hecho el trato de arrendamiento. Para su sorpresa, la casa de la esquina de Bravo y de la Fuente estaba desocupada. Hacía meses que su propietario, Tato Gallart, había partido con rumbo a Monterrey, donde residía. Una de las ventanas estaba cubierta por un letrero que anunciaba la venta o renta de la casa y un número de teléfono.
—No puede ser —se extrañó Román. A ti te consta. Estuvimos dentro de esta casa hace una semana. Ahí platicamos con el arrendador. Bueno, será mejor que hablemos a Monterrey para informarle al señor Gallart de los daños que sufrió su propiedad.
—Pero quien nos rentó no se apellida Gallart —recordó Ricardo con voz temblorosa— él se llama… se llama…. ¿qué nombre nos dió?… Fernando Lucio. Sí, así dijo llamarse. ¿Te das cuenta? Te digo que abrimos las puertas del infierno. Ese nombre no es más que un anagrama, Lucio Fernando Luci…Fer… ¡Mi madre!
Azorados se miraron. ¿Cómo era posible que hubiesen estado dentro de una casa desocupada? ¿Quién les había entregado la llave de la vieja casona?
Cuando se comunicaron con Tato Gallart éste dijo desconocer personaje, trato y propiedad. No sabía de qué se trataba y juró que hacía más de dos meses no había puesto un pie por Saltillo.
Nerviosos ante la incertidumbre, Román y Ricardo se despidieron en espera de que alguien fuera a reclamar el pago de los daños.
Pasaron dos días sin tener noticia del rentero. Los buscadores de tesoros volvieron a realizar sus actividades normales, aunque Pancho Velarde empezó a padecer horribles pesadillas.
—Algo le ocurre a mi Pancho —explicó Petrita, su mujer— pasa las noches cantando cosas raras y termina dormido en el corral; creo que se ha vuelto loco.
Sorprendidos, Román y Ricardo fueron a verlo. Ahí estaba tal como lo había dibujado Petrita. Se encontraba en estado lastimero, la rala barba cana le había crecido hasta el pecho, sus ojos permanecían fijos en una hoguera que decía ver; la señalaba temblando e imploraba a sus amigos que lo salvaran.
—Es el diablo, Román. El mismo diablo que está en mi casa. Lo traje conmigo el día que escarbamos en la casona. No seas ingrato, trae al padre Reyna, dile que me ayude, que el demonio en persona quiere llevarse mi alma.
—No te preocupes. Iremos por él —respondieron los amigos.
El padre Reyna escuchó sorprendido la historia contada. Román aludía a una extraña locura de Pancho, y Ricardo aseguraba que habían abierto las puertas del infierno. Acudieron a ver al enfermo. En la entrada de la casa Petrita lloraba desconsolada.
—Ya se me murió Pancho, señor cura. ¡Qué muerte tan horrible! Mire nada más como quedó todo torcido y con la cara negra como si lo hubieran quemado. ¡Dios mío, pues qué le pasó a mi Panchito!
Cura y aventureros se miraron entre sí. Con el espanto reflejado en el rostro, Ricardo gritó «¡Se los dije, abrimos las puertas del infierno!» Todos se estremecieron con la frase, el miedo recaló en los huesos haciéndolos temblar.
—Cálmese Ricardo, eso que dice usted no puede ser cierto —dijo el sacerdote al tiempo que arrojaba agua bendita sobre el cuerpo enroscado de Pancho Velarde.
Después contaría Petrita que, cuando el padre echó agua bendita, su marido se retorcía como si tuviera vida, dijo que hasta vio cuando manaba vaporcito en los lugares donde caía el sagrado líquido.
Semanas después Ricardo se fue a Tamaulipas, quería enterrar los recuerdos, olvidar para siempre la búsqueda de tesoros malditos y casas embrujadas. No hacía tres días que había partido cuando le informaron a Román que su amigo fue internado en un manicomio, víctima de una rara locura; asegurando ver al diablo caminando en las calles se escondió en una iglesia. De ahí lo sacaron a la fuerza, los camilleros batallaron para conseguir su objetivo; el pobre estaba abrazado a los pies de un Cristo y por nada del mundo quería soltarlo. Al fin, lograron separarlo de la imagen, lo llevaron al hospital mental donde, en un descuido de los enfermeros, ató la bata a su cuello y se ahorcó. Así lo encontraron. Los médicos no supieron decir por qué tenía los ojos y la lengua carbonizados, síntomas por demás inexplicables para un deceso por asfixia.
Román sufrió la pérdida de su entrañable amigo. Llegó a su casa y se puso a limpiar los aparatos detectores de metales en tanto pensaba si su suerte sería igual de trágica que la de Pancho Velarde y Ricardo Torres. Fluía en su interior una pregunta sin respuesta ¿en verdad habían logrado lo que nadie consiguió en toda la historia de la humanidad? ¿Realmente abrieron las puertas del infierno? Solo Ricardo Torres y Pancho Velarde lo supieron.

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